Día 1, miércoles 11. A eso de las 11:00 pisamos por primera vez el suelo del parque, en la entrada por Laguna Amarga. Mientras esperamos al transfer y un venado o huemul nos da la bienvenida a lo lejos, recibimos la mala noticia: pronóstico nublado para los próximos días. En un plesbicito digno de Estados Unidos, se decide no modificar el plan original en que recorreríamos el parque y, en consecuencia, tomamos el transfer hacia hostería Las Torres. Un puente que se cruza a pie, y a eso de las 13:00 nos bajamos y comienzan los preparativos de una caminata que duraría seis días. Tres capas, bastones en mano, vibram bajo los pies (salvo un par de incautos), botella de agua a la cintura, mochila de 16kg en la espalda, energías disponibles y moral alta, partimos rumbo a campamento Torres, comprendiendo el primer tramo del circuito “W”.
Cuatro horas estimamos que tardaríamos. Al comienzo el paisaje ofrece a la izquierda terrenos relativamente planos y secos, y a la derecha el imponente macizo de cerros. Río, puente, descanso, y comienza el ascenso, en miras de llegar a las mismas Torres. Cielo cubierto; la lluvia y el viento leves comienzan a afirmarse con la altura. Me aburro de seguir al ritmo lento del resto de mi cordada, así que me separo de ellos y me uno a los más adelantados. Después de un par de horas, descanso y reunión: la lluvia y viento comienzan a ser preocupantes. Recibimos noticias de granizo y vientos fuertísimos que se avecinan. ¿Seguimos? Seguimos. Al poco andar, vivimos lo que nos habían adelantado: un angosto paso con un precipicio a la derecha, vientos capaces de botarte al menor descuido, y un granizo que te rasga la piel. Ante eso, no queda otra que hacerle frente y avanzar con seguridad, mientras le gritas al viento “¡Sopla más fuerte, hueón!”. Por suerte el paso (que más tarde reconoceríamos en el mapa como Paso de los Vientos) era corto; después comienza el descenso por la ladera de los cerros hasta llegar al campamento Chileno, a eso de las 15:30.
Sacarse la mochila, tomar agua, comer ración de marcha, descansar cubiertos por un pequeño bosque. Empapados como estábamos, el frío comenzó a ser preocupante. N y V llegan a la hora después, V con cara de “no doy un paso más”. El campamento Torres, nuestro objetivo de ese día, se encontraba a una hora y media de caminata por un sendero que muy bien podía ser mucho peor. Las parejas deciden acampar esa noche en el Chileno, mientras el resto seguimos. Motivado por el frío intenso, decido partir antes para entrar en calor lo antes posible. Para mi agradable sorpresa, el sendero va por entre medio de un bosque que proteje de la lluvia y ofrece un paisaje mucho más soportable. Subiendo por laderas de cerros me encuentro varias vertientes de agua pura y deliciosa. Al llegar a pequeños claros se aprecia la llovizna que avanza como niebla encajonada por las paredes de cerros, alguno coronado por un glaciar. Pasadas las 18:00 llego a campamento Torres, que resulta ser bastante más amplio y acogedor que el Chileno. Me guarezco en el pequeño cobertizo que hace las veces de cocina, esperando a que lleguen mis compañeros.
Al poco rato llega el resto de la avanzada; echamos puteadas a las nubes. “No se ven las torres”, nos comenta alguien que acaba de subir a verlas. Decidimos gastar el día siguiente haciendo guardia esperando que el tiempo mejore. Almorzamos, descansamos, armamos las carpas, soportamos el frío. Felipe nos convence que la hueá es así no más, con frases célebres como “nunca vas a estar cómodo” o “tienes que elegir qué mojar”. Son las 22:30 y aún está claro, pero la jornada fue agotadora y tampoco hay mucho con qué entretenerse (salvo, quizás, alguna nueva amistad forjada por Felipe), así que nos retiramos a las carpas. Felipe y yo dormimos en una, mientras Jorge, Moni y Monu arman un carrete con pisco sour en la otra. Llueve aún al momento de quedarnos dormidos.
Día 2, jueves 12. Y llueve todavía al despertarnos. Felipe no subió a ver a el amanecer en las torres, como amenazó que haría. Desayunamos y decidimos bajar sin mochilas al Chileno a visitar a las parejas, para no quedarnos todo el día inmóviles. Durante la bajada el tiempo comenzó a mejorar de a poco; a eso de las 13:00 estamos llegando y el tiempo ya está casi compuesto: cesa la lluvia y aparecen claros entre las nubes. Inmediatamente nos devolvemos a campamento Torres y desde ahí al mirador Torres, para verlas a ellas. Cris y Lisset se nos unen esta vez.
No había tiempo que perder: en cualquier minuto el cielo podía nublarse nuevamente. Llegando al campamento, no nos detuvimos y seguimos directo por el camino al mirador. Éste era en franca subida, primero por un bosquecillo recorrido por arroyos, y después por rocas. Agotados y hambrientos, llegamos al mirador Jorge, Monu, Moni y yo, a eso de las 15:00. Las Torres del Paine aparecen de súbito detrás del último peñasco y nos saludan desde la altura, acompañadas a sus pies por la Laguna Torres y coronadas por algunas nubes. Increíble vista a unos 1250 metros de altura. Nos sacamos fotos, grabamos videos, comemos algo de ración de marcha, soportamos el viento y el frío como podemos. A la hora llega Felipe; nosotros partimos de vuelta. Al poco andar vienen llegando Cris y Lisset. La bajada es harto más llevadera, aunque una tenue lluvia comienza a caer nuevamente.
Cansados y necesitando una ducha urgente, pero satisfechos, llegamos de vuelta al campamento Torres; Felipe llega un rato después. Mientras él prepara almuerzo y seca calcetines al mismo tiempo, planeamos la siguiente jornada: como habíamos gastado un día haciendole guardia a las nubes, teníamos que avanzar lo más posible, así que decidimos salir temprano y llegar a campamento Los Cuernos, lo que significaba caminar unas ocho horas y recorrer 16 kilómetros; no podemos seguir más, pues se rumorea que el campamento Italiano está cerrado. Nos acostamos temprano; yo seco alguna ropa húmeda metiéndola al saco antes de dormir, siguiendo los sabios consejos del Onaman (“En la montaña, la única fuente de calor en kilómetros a la redonda, es tu cuerpo”).
Día 3, viernes 13. A las 8:00 estamos en pie y desarmando las carpas. A eso de las 10:00 desayunamos y comenzamos el descenso hacia el Chileno. Allí nos reunimos con las parejas, descansamos y seguimos bajando. El Paso de los Vientos no es ni la sombra de lo que fue el primer día. Llegamos los nueve a la base del cerro a las 13:30, Moni bastante desanimada, y nos detenemos una hora a comer ración de marcha, charqui en mi caso. La bajada, a pesar de ser más rápida que la subida, también desgasta y estamos algo cansados, pero aún quedan más de cuatro horas para llegar al destino propuesto.
El camino hacia el campamento Los Cuernos es bastante más chalero que los anteriores, así que avanzamos ligero. Al rato aparece el imponente lago Nordenskjöld, también conocido como lago Gesellschaft. No menos imponentes, los Cuernos del Paine también hacen su aparición a la derecha del camino. Viento fuerte a ratos, cielo cubierto pero fijo, ligeras subidas y bajadas, muchos arroyos y pequeños ríos para cruzar y aplacar la sed. V y N vuelven a quedarse rezagados. A las 2 horas de andar aparece un río más ancho y torrentoso que los anteriores, así que nos organizamos para cruzar sus dos brazos. No es peligroso, pero la idea es pasar mojándose lo menos posible. Gracias a la prestancia de Felipe y Jorge, pasamos todos secos salvo Cris, quién metió un pie al agua.
Cruzado el río, Monu, Moni y yo nos adelantamos mientras el resto se queda esperando a N y V para ayudarlos, y secando calcetines en el caso de Cris. Más adelante encontramos un sendero angostísimo y con un precipicio a la izquierda, lo cual sumado al viento y a las pesadas mochilas, lo hacía realmente peligroso. Decidimos volver unos pasos y encontramos el sendero verdadero, escondido detrás de un peñasco. El resto del camino sigue sin mucha novedad, salvo por el hecho que parece nunca acabar; a las 18:30 llegamos al Campamento Los Cuernos, a los pies de los mismos y a orillas del lago.
El campamento está semi anegado. Instalamos las carpas donde podemos, almorzamos. Hay duchas disponibles, así que llegada la noche estamos limpiecitos, sequitos y de buen ánimo, pese a la dura jornada. Nos tomamos una caja del vino blanco más caro del universo, echamos la talla un rato y a dormir.
Día 4, sábado 14. Cuesta levantarse. Aparecen dolores producto del esfuerzo acumulado. Desayunamos tarde y desarmamos las carpas más tarde aún, al menos los que seguimos: las parejas deciden quedarse un día más, tal vez celebrando San Valentín. El resto decidimos seguir hasta el campamento Italiano, que al parecer sigue cerrado. “Pico, lleguemos y ahí vemos”, es el espíritu. Partimos con Jorge, Moni y Monu a eso de las 12:00, mientras Felipe se retrasa un poco. Tres horas de marcha, según el mapa.
Húmedo. Llueve a ratos, pero los senderos están inundados por la lluvia acumulada. Olvidando que cuento con cubrebotas, me la paso más de la mitad del camino esquivando las pozas de agua y evitando meter el pie; un par de veces fallo y me mojo un poco los calcetines. Una playa de rocas en el lago, con llovizna y viento azotando la piel, es una delicia. Cerca del final el sendero se vuelve más seco. Llegamos los cuatro al Italiano y el guardaparques nos lo confirma: campamento cerrado, al parecer en represalia por un incidente con un retrete lleno de basura que resulta en su inutilización. Descansamos en un cobertizo similar al del campamento Torres; una sopita nos repone parcialmente. Jorge tiene problemas: uno de sus zapatos se partió por la mitad; para su suerte, un solitario trekker le regala sus zapatos que pensaba abandonar. “Felipe no llega, ¿qué onda?”; comienzo a buscarlo y lo encuentro con carpa ya instalada, al lado de Ana y Pablo, los amigos del primer día. Desafiando al guardaparques, deciden quedarse. Nosotros discutimos y decidimos no subir al Valle del Francés como estaba planificado, en parte por lo tarde que es y porque sigue nublado y lloviendo intermitentemente. Enfilamos hacia el campamento Pehoé, oficialmente campamento Paine Grande.
A la salida del Italiano cruzamos un puente colgante sobre un torrentoso río. El camino estaba más seco que el anterior, salvo por los arroyos; no me canso de tomar de esta agua pura. En nuestra impaciencia por llegar, el camino parece nunca acabar. A eso de las 18:30 llegamos por fin; el campamento Pehoé es espacioso y con un hotel a todo trapo, a orillas del lago Pehoé y con el cerro Paine Grande al fondo. Instalamos las carpas y comemos en la cabaña que sirve de cocina y comedor, tan cálida como abarrotada de gente. Duermo un poco incómodo, pues mi saco está húmedo (“Si el saco se te moja, no se secó más”), debido a que mi mochila no logra protegerlo de la lluvia.
Día 5, domingo 15. No hay noticias del resto del grupo. Después de desayunar, Jorge, Moni y yo partimos a ver el glaciar Grey, mientras Monu se toma el día libre. La idea es ir y volver, de modo que vamos sin las pesadas mochilas. Son tres horas y media, según mapa. Llueve despacio, pero sin parar. Enfilamos hacia el norte, con el lago Grey a nuestra izquierda. El camino no ofrece dificultad salvo una subida particularmente agotadora. Jorge se retrasa debido a una ampolla en el pie, que lo tiene cojeando desde el comienzo del viaje. Entre la transpiración, la lluvia y tal vez la humedad por la cercanía al lago y al glaciar, estamos completamente empapados, incluyendo zapatos y calcetines, pese a todos los goretex del mundo. El intenso frío no nos impide disfrutar del paisaje a nuestra llegada.
El extremo sur del glaciar Grey acaba en el lago del mismo nombre, y nos saluda a los que estamos al frente de él, en un pequeño cerro al borde del lago. Consta de hielo; kilómetros y kilómetros de hielo, del cual nosotros vemos sólo el extremo. Algunos trozos gigantes se han desprendido de él y se han transformado en témpanos que vagan por la tranquila superficie del lago, aumentando la sensación glacial. Sacamos fotos, grabamos videos, comemos chocolate proveído por Moni. El intenso frío nos hace emprender regreso antes de lo que quisiéramos. Jorge cojea seriamente, ahora también por un dolor en su tobillo, y por mi parte un leve pero constante dolor en la rodilla derecha comienza a molestarme. Pese a esto, otras tres horas y media después, a eso de las 17:30, estoy de vuelta primero al Peohé.
Felipe viene justo llegando desde el Italiano con Ana y Pablo. En la cocina ya están almorzando Monu y el resto del grupo; por fin todos juntos de nuevo. Decidimos tomar el catamarán de las 18:00 al día siguiente, que nos dejaría en el bus de vuelta a la civilización. Con Moni estamos pensando en visitar el Valle del Francés mañana, el único lugar que dejamos pendiente en la “W”, pero los ánimos y las energías no están muy altas. Estoy empapado y no me queda absolutamente ninguna prenda seca de recambio, así que me ducho, almuerzo, y me meto inmediatamente al saco, aún húmedo, pero no tanto como mi ropa. A eso de las 21:00 ya estoy durmiendo. El panorama es incierto para el último día en el parque.
Día 6, lunes 16. Despierto sin sueño a las 6:30 de la mañana, y al salir de la carpa el paisaje es tan sencillo como sorprendente. El sol radiante que se nos negó durante 5 días iluminaba el campamento con sus angulados rayos de mañana, y proyectaba tales luces y sombras sobre el Paine Grande que toda la gente se había levantado a observar. Era cuanto necesitábamos: desayunamos y antes de las 8:00 Moni, yo e incluso Jorge con sus dolores, estamos caminando de vuelta hacia el Italiano, para despúes subir al valle del Francés.
Ya conocíamos el camino, así que no debíamos tardar mucho pues además íbamos sin mochilas. Sin embargo mi dolor en la rodilla comienza a ser realmente molesto y me retraso del grupo. Al llegar al Italiano, casi tres horas después, el sol que nos despertó se había vuelto a esconder detrás de las nubes, que por su parte dejaban caer una lluvia intermitente. Ahora comenzaba la subida; lo ideal es llegar hasta el campamento Británico, desde el cual nos han dicho que se tiene una privilegiada vista de los Cuernos, de las Torres, del Paine Grande y del valle del Francés mismo. El camino es duro: mucha subida entre rocas y ríos, empeorado en mi caso por mi rodilla. A eso de las 12:00 llegamos a un mirador a mitad de camino al Británico; necesitamos estar de vuelta en Pehoé a más tardar a las 16:30, pues aún hay que desarmar las carpas antes de tomar el catamarán. Nuevamente con el tiempo en contra nuestra, nos resignamos a llegar hasta ahí.
De todas formas y pese a las nubes, la vista del valle del Francés y del Paine Grande con sus glaciares son espectaculares. Como regalo de despedida, desde el Paine Grande caen dos o tres avalanchas de nieve, con todo su rugido que escuchamos a lo lejos. Desde ahí no se ven las Torres, pero sí los Cuernos y el cerro Espada. Sacadas las fotos de rigor, emprendemos la vuelta. Cojeando, a eso de las 16:00 estamos de vuelta en Pehoé. Guardamos las carpas y enfilamos hacia el muelle todos menos Felipe, quien ya ha emprendido camino para completar el circuito “O” con sus nuevos amigos.
Mientras hacemos fila esperando la llegada del catamarán, los ánimos están encendidísimos. Pese a toda la belleza y aventura, nadie lamenta dejar este parque para volver a la calidez y comodidad de la civilización. Nadie se arrepiente de haber ido al Parque Nacional Torres de Paine (bueno, casi nadie), pero ha sido duro. Cuando Hielos Patagónicos hace su aparición en el lago Pehoé, no podemos sino hacerle vítores; al abordar nadie chistó al pagar una suma no despreciable para un viaje de tan sólo 45 minutos. Café o chocolate caliente a bordo, tallas varias, y desembarcamos en la orilla opuesta del lago. Corta caminata mientras el sol nos manda sus burlescos rayos por segunda y última vez, subimos al bus y ya estamos camino a Puerto Natales, mojados, sucios, sin plata ni energía, pero contentos de haber hecho el circuito “W”.




